4.9.06

Cascadas en el Salto Tabay.

Camping Municipal de Salto Tabay.


Esa mañana transitamos la ruta provincial 40, que une Aristóbulo del Valle con Jardín América, a bordo de un confortable ómnibus con aire acondicionado. El paisaje se nos presentaba con una belleza suprema, recorriendo un camino que serpentea continuamente entre las sierras cubiertas de abundante vegetación selvática. Existen miradores naturales desde donde es posible apreciar toda su magnificencia. Faltando aproximadamente diez kilómetros para llegar a Jardín América el terreno se suaviza, lo que permite su aprovechamiento agrícola y forestal. A ambos lados de la ruta se observan algunos aserraderos y extensas plantaciones de pinos y yerbatales. También es importante, aunque en menor proporción, el cultivo de té.
Nuestro próximo destino propuesto era el Salto Tabay, ubicado sobre el arroyo del mismo nombre y a unos cinco kilómetros al norte de Jardín América.
En la terminal de esta ciudad tomamos un colectivo local que iba hasta Puerto Leoni, pasando antes por el Camping Municipal de Salto Tabay. Compartimos ese viaje con algunos lugareños, entre los que se desatacaba una familia de aborígenes. El chofer llamaba “cacique” al hombre que efectivamente parecía ser el jefe de aquel grupo familiar. Llevaban consigo varias canastas de mimbre de diverso tamaño y el “cacique” portaba unas boleadoras, un arco y algunas flechas. Eran artesanías que ellos realizaban para luego vender a los turistas. Más tarde nos enteraríamos que todos ellos formaban parte de una comunidad de aborígenes Mby’á Guaraní, los verdaderos antiguos dueños de todo ese territorio.
En el camping Tabay había muchísima gente acampando y nos costó bastante encontrar un buen lugar para armar el campamento. El balneario es muy amplio y cuenta con todos los servicios. Hay proveeduría, restaurante, heladería, un salón de juegos y locales de venta de artesanías. Los sanitarios son amplísimos y están equipados con agua caliente. Existe provisión de agua potable y piletas para lavar la ropa y la vajilla. Calculamos que no menos de quinientas carpas estaban armadas en el lugar, lo que convertía a ese camping en el más concurrido de todos los que habíamos visitado.
El Salto Tabay es una cascada irregular de unos diez metros de altura sobre el arroyo del mismo nombre y el paisaje es característico de la selva misionera, con la irrupción de formaciones rocosas. El Camping Municipal ofrece vistas directas al salto y la posibilidad de disfrutar de la pileta natural que se forma al pié del mismo.
Hacia el atardecer pudimos observar unos nubarrones muy grises que presagiaban lluvia, la que efectivamente llegó justo en el momento en que nos encontrábamos preparando la cena. El chaparrón duró aproximadamente media hora y luego no llovió más. De todos modos, previendo que la misma pudiese repetirse durante la noche, colocamos todas nuestras pertenencias en bolsas de nylon.
El viernes amaneció con un cielo totalmente despejado y una temperatura agradable. Mientras tomábamos el desayuno aparecieron unos niños pertenecientes a una comunidad aborigen. Su estado era deprimente a nuestra vista, pero absolutamente normal dentro de su cultura. Durante todo el día se dedicaban a recorrer las instalaciones del camping mendigando, en tanto sus familiares vendían artesanías en un lugar que les había sido previamente asignado, un tanto alejado de las miradas indiscretas de los turistas. Había muchas madres jóvenes con varios pequeños y llamaba nuestra atención la poca cantidad de varones adultos. Seguramente estos estarían trabajando en alguna otra tarea, ya que pudimos observar su llegada al atardecer. También nos sorprendió la forma en que estos hombres gastaban su dinero bebiendo cerveza y jugando en las máquinas electrónicas del lugar...

Caminata ecológica...

A media mañana emprendimos una caminata por un sendero ecológico que bordea el arroyo a lo largo de varios kilómetros. Apreciamos enormes formaciones rocosas muy erosionadas por el agua, pequeñas cascadas sobre el arroyo, inmensos cañaverales, muchas aves y árboles enormes y muy antiguos que han podido mantenerse a salvo de la depredación humana. Durante el recorrido es posible detenerse a admirar el paisaje desde varios miradores muy bien ubicados.
Aquella noche cenamos en el restaurante. Una pareja de turistas europeos estaba sentada en una mesa cercana a la nuestra y juntos disfrutamos de una improvisada ronda de canciones folclóricas que unos lugareños entonaron acompañados por los acordes de una guitarra. Luego nos dirigimos a observar los saltos, mientras una hermosa luna brillaba en la oscuridad de la noche.
Al día siguiente, alrededor de las 10:30 hs., tomamos un colectivo local que pasaba por Puerto Leoni, así que tuvimos la oportunidad de pasar por ese lugar antes de arribar a Jardín América. Allí abordaríamos el ómnibus que nos llevaría hasta nuestro próximo destino, las ruinas jesuítico-guaraníes de San Ignacio.
(Seguí nuestro itinerario haciendo click arriba, en "Ruinas de San Ignacio Miní")...

Jardín América.



Jardín América fue fundada en el año 1946 por Peverini, Drachemberg, Da Silva y otros. La ciudad posee un trazado moderno y se destaca la convivencia armónica de veintiocho cultos diferentes, con diecisiete templos de los cuales sólo tres son católicos. Es el centro de importantes colonias ubicadas en los alrededores, dedicadas a la forestación y a la producción de yerba mate, té, tabaco, mandioca y citrus. También es el punto de articulación de la ruta nacional 12 con la ruta nacional 14 sobre la sierra, pues desde aquí parte la ruta provincial 7, que comunica con Aristóbulo del Valle, uniendo las dos rutas nacionales (“Guía turística YPF”, Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998).

El cultivo de la yerba mate.

La yerba mate es una planta autóctona cuyo cultivo se ha desarrollado en todo el área guaranítica (Corrientes, Misiones, Paraguay y sur del Brasil). Con sus hojas se elabora una infusión de carácter tonificante, conocida como mate o mate cocido. Las semillas germinan en almácigos dentro de viveros; más tarde los plantines se trasladan a los campos. Así se logran yerbatales de entre 3.000 y 4.500 plantas por hectárea, densidad que hace posible la mecanización del cultivo y la cosecha. Esta última se realiza por medios mecánicos o manuales, y tiene lugar entre los meses de enero y octubre. Las ramas recolectadas se depositan en una superficie plana llamada playa verde, donde se las debe remover y ventilar constantemente para mantenerlas frescas. Las hojas pasan a un proceso de zapecado en hornos, con acción directa del fuego, que detiene el proceso enzimático de fermentación y oxidación. Terminada esta fase entran al secadero, a unos 100°C, donde pierden toda la humedad. Luego viene la etapa del chancado, en que son trituradas mecánicamente, eliminándose los tallos. Luego se embolsan a granel y se dejan en depósitos de estacionamiento, donde reposan hasta completar su maduración (“Guía turística YPF”, Ed. San Telmo S.A., Bs. As., 1998).

Fotografía de formaciones rocosas en la selva.


Una enorme formación rocosa (erosionada por el agua y el viento durante miles de años) sobresale en la selva misionera a un costado de un sendero ecológico en las cercanías de Jardín América.

Plantaciones de té en la mesopotamia argentina.

Las primeras plantaciones de té se hicieron en Gobernador Virasoro, Corrientes, en 1951, con semillas de la variedad Assamica betjam, traídas de la región de Assam, en la India. Diez años más tarde se inició la reproducción clonal sobre la base de plantas madres que habían demostrado mayor resistencia a las plagas y mejor adaptación climática. Luego el cultivo se extendió a diversos lugares en la provincia de Misiones. La cosecha es mecánica y sólo se recolectan las hojas más suaves y tiernas. Este es un procedimiento delicado, pues hay que evitar cualquier daño, por mínimo que sea, ya que provocaría la fermentación prematura y el deterioro posterior. Los brotes se trasladan al secadero, donde los brotes se depositan en bateas o trojas para ser sometidas al marchitado por aire, procedimiento que dura entre 8 y 16 horas. La siguiente etapa, llamada de enrulado o triturado, provoca la fermentación que modificará su color, el cual irá del verde intenso al cobrizo brillante, momento en el que despedirá el aroma característico de su punto óptimo. Aquí se detiene la fermentación y el producto pasa al último secado, de entre 90°C y 100°C, donde adquiere su coloración definitiva. La última parte del proceso consiste en el despalillado mecánico, seguido por la clasificación en zarandas que separan las hojas según el tamaño. En este momento se procede al catado, única forma de mantener la calidad del producto final. Una vez superadas las pruebas de resistencia y excelencia, el té se mezcla y envasa en paquetes para su distribución y consumo (“Guía turística YPF”, op. cit.).

Comunidades aborígenes de Misiones.

Lamentablemente los grupos aborígenes han disminuido en forma notoria en los últimos años, contándose poco más de 3.500 nativos en 770 familias agrupadas en 44 comunidades en la provincia de Misiones. Actualmente los mby’á guaraní son los más numerosos. Antiguamente fueron comunidades agricultoras, sedentarias y pacíficas. Cultivaban especialmente la mandioca, la batata y el maíz; en menor medida el zapallo, los porotos, el maní y la yerba mate. Caza, pesca y recolección eran actividades secundarias. Fueron hábiles en el manejo de sus canoas. La vivienda era una gran casa comunal en la que se alojaban varias familias extensas ( la “maloca”). La familia extensa era la unidad social básica y el conjunto de familias formaba la aldea. Tenían caciques locales y, se cree, un cacique general. La familia fue polígama, aunque en general ello dependía de cada hombre. En cuanto a la cosmovisión, tenían la creencia en la “Tierra sin mal”, un paraíso al cual se retiró el héroe civilizador luego de haber creado el mundo y haber dado a los hombres los conocimientos esenciales para su supervivencia. Es allí adonde, después de ciertas pruebas, llegaban los muertos privilegiados, los chamanes y los defensores de la comunidad. Ese paraíso se abría también a los hombres y mujeres que hayan tenido el valor y la constancia de observar las normas de vida de los antepasados (“Los hijos de la tierra”, Sarasola, Carlos Martínez, Emecé, Bs. As., 1998).